martes 10 de noviembre de 2009

Poesía eres tú

Yo soy un hijo despegado, no soy de esos que llaman todos los días a su madre hasta para contarle que se te ha caído una pinza por el patio. Ya sé que vosotros seguro que también sois unos despegados y que os parece imposible que haya gente así. Pero la hay, gente que llama cada dos por tres a sus madres, y que, por tanto, las tiene tan mal acostumbradas que ellas también llaman constantemente para cualquier cosa. Y además, se crean obligaciones tales como llamar cada vez que se sale fuera de tu ciudad, cada vez que estás acatarrado o cada noche para contarle el día. Yo no soy de esos, ni de coña. Mi madre se queja constantemente de ello. Dice y repite que ha tenido muy mala suerte con sus hijos, que a ella le gustaría que fuésemos como esos que he mencionado antes, que a mí me parece que no han cortado el cordón umbilical, y a los treintaypico me parece un tanto patético.

Pero no por despegado, dejo de cumplir mis obligaciones como hijo, como ir todas las semanas a comer con mis padres. Bueno, lo hago porque viven a quince minutos de mi colegio, y me sirve para no tener que cocinar el día anterior, comer comida rica y salir de esa cárcel durante una hora y media. Y encima quedo de P.M. con mi santa madre.

Cuando llego, mi sobrina L. ya está allí, que va a comer con los mismos objetivos con otro añadido, sacarles dinero a los abuelos, para luego gastárselo en ropa, pues es adicta. Intentamos tener una conversación de tío a sobrina, pero mi madre es como un submarino alemán , que bombardea sin parar y sin avisar, para hacer que la conversación llegue al punto que a ella más le gusta: ella misma y su problemática, es decir, sus enfermedades, todo lo que se aburre o lo que hace en el día a día. Nosotros, pacientemente, la escuchamos y, en cuanto podemos, volvemos a nuestra conversación. Pero ella insiste y vuelve una y otra vez.

Hoy le ha dado por demostrarnos de nuevo que es una gran poetisa. Dice que últimamente le viene la inspiración muy a menudo y se pone a escribir poemas para toda la familia, especialmente para sus cumpleaños, que es su especialidad. Hoy nos ha leído el que ha hecho para mi sobrina N., que en dos meses cumplirá ocho años. La verdad es que tiene su mérito, porque ha conseguido una rima con la palabra Chicago sin que sea nada referido a la defecación. Es mi Gloria Fuertes particular.

Una vez terminado el rito (que siempre acaba con un "¿Cuándo te vas a afeitar la barba?"), mi padre-chofer me ha llevado al colegio, donde me esperaba otra madre, pero en esta ocasión de un alumno. Es muy difícil ver la cara de una madre que espera buenas noticias y solamente puedas decirle que su hijo es un puto niñato insoportable, inmaduro y medio lelo, y que va a suspender hasta el recreo no solo por su falta de atención sino por su falta absoluta de aptitudes para nada que requiera UNA neurona. Pero como soy un falsaco, he conseguido salir del trance utilizando mi "charm" y haciendo que parezca todo mucho menos grave de lo que es, llamándole infantiloide y retarded con mucho estilo ("su proceso madurativo está en un estado algo inferior a lo que es propio de su edad", le he soltado y me he quedado wider than longer). La pobre se ha ido algo angustiada, porque ha leído entre líneas y se ha dado cuenta de que ha parido un cacho de gilipollas. Menos mal que le he dicho que vaya a Lisa Simpson (nuestra orientadora-psicóloga, de gran parecido a la cursi de Lisa), que ella nos ayudará en este duro trance de la adolescencia atontada.

Como ya me veía muy torero en esto de convencer a los demás de que todo no es tan grave, me he enfrentado luego a un grupo en el que he suspendido a mansalva, consiguiendo que su sentimiento de culpabilidad haya podido con la rabia del suspenso, y hayan aceptado unas notas penosas casi dándome las gracias y cantando un Mea Culpa.

Definitivamente, no sé qué hago en la enseñanza. Yo debería ser un Goebbels del siglo XXI y dominar el mundo, manipulándolo a mi antojo.

lunes 9 de noviembre de 2009

Idas de olla

Debe de ser el cambio de tiempo, pero se nos ha ido la olla estos días mucho. Mucho. Comenzamos el viernes con la ida de olla de nuestro nuevo ordenador estropeado. Como ya conté, defendía en mi última entrada la existencia de un fukú o maldición en casa. No hay tal fukú, hay un pavismo gigantesco. Tenemos el pavo de acción de gracias sobre nuestras cabezas.

Conseguimos que los padres de A. nos llevaran en coche hasta Green Village para llevar el ordenador que no encendía ni para atrás. Bueno, encendía pero se quedaba en negro acto seguido. Bien, pues cogemos el coche a eso de las ocho y media. No hay problema, hasta las diez no cierran. Entramos en la M30 y nos equivocamos de salida, con lo que tenemos que volver hasta Plaza de España y, de nuevo, coger el tunel del infierno que el Cejas tuvo a bien hacer, contaminando todos los parques de Madrid por los que sale el dióxido de carbono. Esta vez conseguimos tomar la salida correcta, y llegamos a las nueve y cuarto. Pero cuando estamos en atención al cliente, nos damos cuenta de que nos hemos dejado la factura en casa. No me lo podía creer. Yo me convertí en Alazne por un momento y estuve a punto de pedir una bolsa de plástico para superar la crisis de ansiedad. Cualquier persona normal hubiera desistido y se hubiera ido de cañas. Nosotros no.

Como si de concursantes de Pekín Express se tratase, comenzamos una contrarreloj para llegar a nuestra casa, en el centro de la capital y volver a hacer el trayectito por el tunel, todo con el reloj corriendo en nuestra contra. "No llegaron, fijo", pensaréis. Pues sí que llegamos. Justo cinco minutos antes de cerrar. Fue tal la cara de desesperación que pusimos que un chiquito bien amable (y mono, por qué no decirlo) nos ayudó probando el equipo. Cuando vimos que el jodío ordenador abría perfectamente, la cara de panolis que se nos quedó no puedo describirla. Yo estaba entre descojonarme de risa o empezar a llorar de la desesperación .

Nos volvimos a casa pensando qué coño hicimos mal para que no funcionase. Llegamos y lo conectamos. Entonces, el padre de A. se dio cuenta. "¿Por qué habéis conectado tres cables del monitor al ordenador?" "No sé, ¿porque estaban ahí?" Ay qué pavos somos. Desconecta dos de ellos y se enciende como por arte de magia. La que habíamos montado para nada. Para resarcirnos, nos fuimos de supercomida al Círculo Salmantino, que de vez en cuando las raíces maternas me tiran, y nos pusimos ciegos a ibéricos.

Una vez que ya teníamos el ordenador, comencé a hacer lo que tenía ganas desde hace meses: poder actualizar mi iPod. No sabéis el horror que ha sido para mí no poder hacerlo. Sobre todo porque estaba lleno de cosas horribles como Fuck Buttons o Liars, grupos espantosos, como de ruidismo y cosas así. Uno, que es pop hasta la médula, se desesperaba al poner el iPod en suflé y escuchar cosas como Holy Fuck. Metí todo lo más pop que pude encontrar en casa y lo llené con todas las novedades que, desde hace meses, habíamos comprado y no había podido meter. Hasta las cinco de la mañana, como un poseído. Segunda ida de olla del día.

Pero quedaba la tercera y peor ida de olla. Desde hace tiempo, queremos comprarnos una tele de esas modernas, de LCD (soundsystem): grande, espectacular. Ya sabéis, una tele tele, y no esa caja inmensa y viejuna que teníamos. Pues bien, en Alberto Aguilera habían abierto un mercadillo de electrodomésticos, de unos almacenes de Las Rozas, donde todo se vendía muy barato. Allá que fuimos y encontramos lo que queríamos: una supertele por la mitad de precio que costaba. Pero una SUPERtele. Y me refiero a que era muy grande. ¿Cuánto? Me da hasta apuro decirlo...47 pulgadas. Eso no es una tele, es una pantalla de cine. "¿Nos cabrá en nuestro saloncito recoleto"? "Seguro que sí" "¿La compramos?" "Venga". Y así hicimos.

Por supuesto, nosotros no podíamos llevarla a casa, así que dos chiquitos del Continente (americano) nos la llevaron muy amablemente, sin cargos. Cuando la sacamos de la caja y la colocamos en su sitio, tras un esfuerzo sobrehumano, nos dio un ataque de risa que no podíamos parar. Era enorme. Se nos había ido la olla definitivamente. Puse el DVD con los vídeos de Madonna, y ver el de Hung up con la diva a tamaño natural asustaba. El toto de la reina del pop estaba tan cerca y tan grande que era toda una amenaza.

Aún así, no nos arrepentimos, porque ya lo dice el refrán: burro grande, ande o no ande. Pero este anda, y no sabéis cómo. ¡Qué sonido!, ¡Qué imagen! ¡Qué dolor de cabeza al rato de estar viéndola!

viernes 6 de noviembre de 2009

De padres gatos, hijos mininos

El martes tuve la reunión de padres de principio de curso. Es un trámite horrible por el que tenemos que pasar todos los profesores cada año. Es horrible porque tu público es aún más difícil y duro que el de los alumnos, a los que al fin y al cabo puedes aterrorizar fácilmente. Además, es fuera de tu horario de trabajo, con lo que tienes que quedarte allí hasta las tantas, cuando lo único que desearías es estar en tu casita, plantado en el sofá sin hacer más ná.

El caso es que como no me puedo librar de ello, lo hice lo antes posible, aunque este año se ha retrasado bastante, puesto que suele ser en octubre. Los había convocado a las 17.15, y a esa hora misma, hice mi entrada. No voy a estar exigiendo puntualidad y luego llegar yo tarde (vamos, un "en casa del herrero, cuchillo de palo"), y también porque pensé que cuanto antes entrara, antes saldría. ¡Ay qué equivocado estaba!

Lo primero que me llamó la atención es que no había ni un solo padre, todo madres. En estas reuniones tan tediosas, siempre tiene uno la esperanza de encontrarse con un papá cañón, al que enfocar siempre tus miradas, y ser muy amable con él. Pero nada. Todo señoras.

Y a los cinco minutos lo entendí todo. ¿Por qué mi grupo es el más insoportable de los terceros de la eso? ¿Por qué son una panda de maleducados, charlatanes y plastas? Porque sus madres son exactamente así. No pararon de hablar como cotorras (me gustaría decir como agapornis, pero no sé si hablan), tapándose las unas a las otras, gritando, mientras que otras las mandaban callar. Un espectáculo ridículo. Menos mal que tenía tres o cuatro aliadas, unas porque ya fui tutor de sus hijos mayores; otra, porque es amiga desde la infancia de mi barrio; y otras por educación. Pero había otras que eran "imposiblas". Yo, muy astuto y sin perder la sonrisa, les preguntaba de quién eran madres, y cuando respondían me decía a mí mismo "ya decía yo, pedazo de loro, que lo de este niño debía ser genético".

Tras oir unas cuantas propuestas ridículas, escuchar cómo ponían a caldo a MaryBaker, la profesora de matemáticas (la llamamos así por su gran afición al pan, puesto que cada día la vemos comprar al menos tres barras de pan; así tiene el pandero, la jodía) y criticar sutilmente a la dirección (lo que yo disfrutaba sobremanera), decidí poner fin a la reunión, no sin antes recibir algún piropo de su parte, que me gusta de vez en cuando darme un bañito de subidón de autoestima: que si te respetan mucho pero también te quieren, que si hay que ver el tipazo con el que te has quedado...

Cuando salí, vi que no era el último en acabar la reunión, puesto que J. aún seguía dándole a la sinhueso, y R. y M. ya nos esperaban cigarro en mano en la calle para largarnos de esa barriada y venirnos al centro. Una vez juntos, pusimos a caldo a las madres, comentamos algunos de sus numeritos y nos reímos de los compañeros a los que habían despellejado (ninguno de nosotros estábamos en el grupo, que para eso somos la chupipandi, como nos llama nuestro bienamado director).

Y ahora a aguantarlos uno a uno. Es que no hay vacaciones suficientes que paguen eso, señora.

jueves 5 de noviembre de 2009

La vie destroyer


Uno de mis alumnos gayer de 3º (tengo tres, uno por cada clase, más una future-lesbo con más martillo que Thor) me dejó el otro día La vie en rose, el biopic sobre Edith Piaf. La acepté encantado, primero porque me pareció una manera de salir del armario preciosa. Un alumno que adora una película sobre Edith Piaf no puede ser otra cosa más que un supergayer con buen gusto, y más cuando se tiene 14 años. Segundo, porque no la había visto y tenía ganas.

La película me encantó porque está muy bien interpretada por la Marion Cotilla esa, la que ganó el óscar, un tanto histriónica pero el papel da para ello. También porque la estructura de la película, con un patrás palante (flashback & flashforward creo que lo llaman los entendidos), es muy original.

Pero lo que más me gustó de todo fue conocer más sobre esa gran diva de la canción y de la drogadicción. Había leído sobre su afición a pimplar, sobre su adicción a alguna droguilla que otra y a los chulazos, o sobre su pasado truculento, pero ¡mother of the pretty love!, todo se queda pequeño al saber los detalles. Menuda borrachuza, menuda yonki!!! No me sentí identificado con ella, por supuesto, pero me tocó el alma sensible que tengo y me dio mucha penita la desgracia continua que fue su vida. A pesar del éxito, nunca fue feliz, salvo en contadas ocasiones, y estas truncadas de una manera terrible.

Desde el domingo soy megafans de la Piaf, y tengo que comprarme un recopilatorio tal que ya, que faltaba en mi discografía. Y cada vez me entran más ganas de aprender francés, puesto que al final no me apunté a ninguna academia, todas eran carísimas, sobre todo los Institutos Franceses y cosas así. Pero del año que viene no pasa. Propósito para el 2010: aprender francés y poder cantar a voz en cuello Je ne regrette rien. Al menos, se me da bien imitar acentos, así que seguro que lo consigo.

miércoles 4 de noviembre de 2009

Somos lo peor

Halloween es una mamarrachada. En América, pues tiene su punto. Pero...¿aquí? Una mamarrachada, y punto. La gente monta un carnaval megacutre, con unos maquillajes cutres, con unos disfraces cutres, con unas fiestas cutres...Cada vez que mi hermana me envía fotos de su halloween en Chicago y esas decoraciones tan fantásticas, acabo pensando en la burda copia española y da penita. Más valdría que siguiéramos festejando esa fiesta tan española de los muertos y a limpiar tumbas el 1 de noviembre, a comer huesitos de santo (bueno, no, que los odio) y ponerse foca a buñuelos.

Pero el viernes me tocó celebrar Halloween, al fin y al cabo era el primero de G., nuestro nuevo sobrino, y entonces ya tiene su punto. No me disfracé, por supuesto, pero me puse una careta entre ridícula y siniestra de una calabaza que compré en Imaginarium; A. se llevó la suya de Esther, la huérfana de la película "La huérfana", que da un mal rollo increíble. Cuando salimos del metro de esa ciudad abandonada llamada Pau de Vallekas, nos las pusimos para asustar a tres chicas que vimos en el camino, pero ellas al final fueron las que nos asustaron con sus looks de jipis desfasadas. Qué miedito!!

G. no se asustó de nuestras máscaras, y nos pudimos hacer fotos con él y como si nada. Incluso cuando S. apareció de diablesa, con la cara pintada de rojo y cuernos, nada. Con él no iba la cosa. Acabamos viendo una película horrible de miedo, de la que ni me acuerdo del nombre, y acabé quedándome dormido. Después de la movida que se había producido en mi colegio entre mi compañero y hermano J. y el jefe de estudios, mi cabeza había quedado derrotá.

Al día siguiente, tocaban Astrud en la sala Neu (pronúnciese "noi") con un grupo de músicos, de instrumentos variados y poco propios de su música (violín, violonchelo, acordeón, xilófonos y metalófonos, y un instrumento medieval, que sería muy auténtico pero a mí me sonaba a grillos japoneses).

Astrud es un grupo adorado por muchos y odiado por otros tantos. Yo siempre los he adorado. Puedo recordar perfectamente dónde los escuché por primera vez. Había leído sobre ellos pero nunca los había escuchado. Aún así, me compré su primer EP en Discos Delsur (ay, cuánto os echo de menos) y me fui a dar un paseo por El Retiro, y allí los escuché en mi cd player (esos muertos, que aún T. carga con uno). Me enamoré al instante. Poco después, pude verlos en directo, teloneando a Carlos Berlanga, el gran Carlos Berlanga en uno de sus pocos conciertos, en la entonces übercool y ahora übermarujona sala Morocco. Ya pude ver que iban a ser muy grandes y que Genís era, simplemente, genial, con sus coreografías y sus comentarios.


Tras eso, he seguido viéndolos cada vez que han venido por Madrid (creo que no me he perdido ni uno solo de sus conciertos aquí) y comprándome sus discos, cada vez más inteligentes e interesantes. Por eso, allí había que estar. J. y L. ya nos esperaban en la cola, junto a E. y S. con dos amigos suyos. Entramos de los primeros y pudimos pillar una mesita fantástica, al lado de Joaquín Reyes, de Muchachada Nui. Una vez empezado, tras una torturante escucha de ese horror llamado Manos de Topo como banda sonora, E. y sus amigos se decidieron a bajar al foso a verlos, como jovenzuelos. No tardaron ni media hora y ya estaban de vuelta, como viejunos. Oir cantar a gritos al entregadísimo público y no escuchar la fantástica voz de Manolo no valía la pena. E. estuvo despotricando todo el tiempo del concierto por los fans, que la verdad eran un poco atacantes. Yo disfruté como un enano, con unas versiones absolutamente diferentes de las de los discos, con un Genís más divertido e ingenioso que nunca. Tras el concierto, nos fuimos al Café Paca a beber mojitos. El Café Paca se ha convertido en nuestro garito del otoño. Me encanta, siempre hay sitio, hay mojitos baratos y ricos, y encima hemos descubierto que tienen una tortilla de patatas de lo más rica.


Tenemos un fukú. Una maldición. Todo los aparatos electrónicos que compramos se estropean o, directamente, no funcionan. Uno de nuestros ordenadores está muerto, y el otro, desde el que escribo, está a punto de morir. Por eso, A. y yo nos decidimos a ir al extrarradio, exactamente a Green Village (Villaverde, para los que no hablan inglés) a un Media Markt. En ese paraíso del chandal dominguero (que yo disfruté, como fetichista del chandal que soy, aunque nunca saldría con uno a la calle ni muerto), nos compramos una torre de esas. Negra, monísima, con mogollón de memoria. Pues bien. La instalamos en casa y no funciona. Hay que joderse con el fukú.

domingo 18 de octubre de 2009

anacoreta

Llevo un fin de semana de anacoreta. No hemos salido prácticamente nada. Bueno, yo algo más, pero como A. está malito, pues hemos decidido quedarnos más tiempo en casa y hacer cosas como de otoño. Es decir, ver muchas películas. Bueno, miento un poco. El viernes yo sí salí, puesto que tocaba ver a S., mi amada S., que me ha dejado solo y abandonado en esa selva que es mi colegio por irse a un colegio multicultural en Vicálvaro, donde ahora es una Muface (aka funcionaria). Tras ponernos al día de nuestros respectivos trabajos y excompañeros, hablamos largo y tendido de GH, ella indignada con Arturo porque es un chulo prepotente. Yo encantado con Arturo, porque sí. Porque está muy bueno y me encanta esa actitud tan deplorable. Tras GH, tocaba Pekín Express, donde ambos sí coincidíamos en que Alazne es el gran personaje de esta edición, con su histeria, su mala educación, sus ataques de ansiedad con bolsa incluída...Alazne a la final y que se quede sin premio al final, me encantará ver cómo le da un chungo al ver que no ha ganado.



Con estas conversaciones, se nos pasó la noche. Cuánto echo de menos estas charlas banales en la cafetería soviética (la cafetería de mi colegio, con un estilo tan hortera a la par que austero que parece muy de república soviética), mientras S. seguía su dieta del churri-bacon y yo la miraba envidioso, mientras comía una insulsa fruta.

Como A. estaba solo y enfermo, merecía un regalito, así que en la Fnac le compré Palíndromos, la película de Todd Solonz. Y fue la primera peli del fin de semana. Maravillosa. Raruna y llena de mala baba, como todas las de Solonz, pero maravillosa. Que el mismo personaje, Aviva, siempre dispuesta a acostarse con quien sea a pesar de su corta edad con tal de ser madre, sea interpretado por seis actrices distintas, de muy distinto aspecto e incluso raza, es ya todo un punto a su favor. Una de ellas, por cierto, es la gran Jennifer Jason Leigh, nunca bien ponderada y muchas veces maltratada por Hollywood. Una película estupenda con la que pasar un viernes noche.

La pena de este viernes noche es que me perdí Supernanny, donde salió, según me contó A., un niño hipergayer de 9 años, fanático hasta lo patológico de Hannah Montana, y que estaba out of control. Me hubiera encantado verlo, bueno, lo buscaré en youtube.

El sábado fue un día cinéfago total, así que voy a hacer una pequeña crítica de cada una de ellas.

Sábado tarde: Paradise now. Dos chulazos palestinos se aburren en Nablus, porque los judíos no paran de putearlos y tienen que escuchar música en cassettes todavía. Además no hay trabajo y la ciudad no tiene ni cine, porque les dio un día por quemarlo, así como protesta. Qué les gusta una piedra y un fuego a un palestino, pero es que no me extraña. Así que deciden hacerse mártires y morir por la causa. No están muy convencidos, pero es que es eso o seguir llevando ropa de los setenta (que los hace megacool, eso sí) y trabajando para explotadores sin piedad. Se cortan los pelos (están más guapos, pero menos cool; con los rizos y las barbas podrían pasar por unos Strokes de la franja de Gaza) y se ponen unas chocolatinas alrededor del cuerpo, que deben de ser explosivos, y para Tel Aviv (¡qué manía con Tel Aviv, con lo moderna y gayer que parece!, que se vayan a atentar a los asentamientos, que allí la gente es muy fea y antigua). Me pareció una película fantástica, porque el tema de fondo es la desesperación de esta gente, porque no tienen ni siquiera un cd player, como mi amigo T., que aún lo usa en estos tiempos; y claro, caen en la manipulación de unos barbudos que se aprovechan de estos pobres guapetones...Yo me aprovecharía, pero de otra manera. Y tendrían hasta su iPod y todo. Puntuación: 8'5



Sábado tarde-noche: Skizo. En principio, la película tenía todos los boletos para ser una puta mierda pinchada en un palo y puesta a secar. Al final, entró en el top 5 de las peores películas que he visto en mi vida, y mira que he visto mierdas...Es española y de supuesto terror, ahí ya van claves para haceros a la idea, pero si os digo que está interpretada por Eloy Azorín y Óscar Jaenada, pues ya no hay tu tía. Eloy es un joven mono que trabaja en una cafetería de una universidad pija. Está enamorado de una pituca estúpida y calentorra, que flirtea con él. Pero él no quiere un polvo y punto, sino la quiere para siempre, a ella y a sus millones. Por eso tiene la ¿brillante? idea de contratar a un quinqui (un Jaenada para el que la palabra "sobreactuación" se queda muy corta) que dará un susto a la pija, pero él la salvará y a ella se le caerá el tanga solo de ver a su macho en acción. Pero Jaenada es un chiflado violento (más bien un gilipollas) que le pega de hostias y decide secuestrarla. Así, llevándosela por una Euskadi oscura, acabarán en un caserío en el quinto coño donde vive un escultor y su hijo retarded hipersensible a la violencia. Lo que queda es un disparate de tal tamaño que no tengo palabras para describirlo. Un guión propio de dos enajenados, unos actores que actúan peor que un par de gorilas, una historia mongoloide...un sinsentido. Nota: -10




Sábado noche: La maldición de la flor dorada. Una superproducción china, de Zhang Yimou, con la gran Gong Li de prota. Esto sí que es hacer cine épico en condiciones y no Amenábar (no, no he visto Ágora, simplemente me dejo llevar por mis prejuicios), con una historia y una estética. Los chinos saben lo que se hacen, los jodíos. Son el futuro imperio y lo sabéis, así que ya estáis aprendiendo chino a marchas forzadas. La historia es de intrigas palaciegas por el poder del Imperio Chino, allá por el siglo X. Cuando en Europa los reyes vivían como miserables, en China volvían en la sofisticación más impresionante. Gong Li es una drag queen que dice ser emperatriz de China, y que le gusta un pelucón y unos adornos de oro más que una gitana, que ahora muchas son impersonators de Amy Winehouse. El emperador es un hombre de pelo hasta el culo, con bastante mala hostia, que quiere cambiar al heredero (su primer hijo, uno muy feo que pone a la Emperatriz mirando a Shanghai) por el segundo (mucho más chulesco y guerrero), pero hay un tercer hijo que es como el repelente niño Vicente y que tiene cara de ser un grandísimo hijo de perra. A todo esto, la Dragtriz está siendo envenenada, por lo que sufre una serie de pájaras durante toda la película. Esto va a acabar en un mal rollo y una de muertes que se caga la perra. Todo ello aderezado de grandes escenas épicas de lucha, preciosistas escenas palaciegas, grandes escenarios de quitar el hipo y coreografiadas peleas. Un must. Nota: 9'5


Hoy ya no tengo ganas de más cine, aunque A. quiere que vea otra de terror español, NODO, pero me niego. Creo que voy a seguir intentando acabarme ese castigo que es Crimen y castigo.

jueves 15 de octubre de 2009

Mientras hay vida, hay esperanza

No hay nada como una excursión a El Escorial para llegar agotado a casa, con ganas de tirarte en el salón y no hacer nada el resto de la jornada. Pero no ha sido dramático, qué va. Incluso hay esperanza de que haya una generación que no haya caído en la subnormalidad más absoluta.

La visita por el Monasterio ha sido bastante discreta, me refiero a mis alumnos, que si normalmente gritan, tocan los cuadros o tiran algo de incalculable valor, esta vez han sido unos santitos. Tanto que incluso la guía nos ha felicitado. Ellos han hecho muchas preguntas, es verdad que la mayoría han sido referentes al escaso tamaño de los españoles durante esa época. Cuando les estaba explicando que, gracias a la alimentación, hemos subido mucho la media de altura y que Felipe II era casi enano, me ha venido entonces la cruel frase de mi compañero y casihermano J., esa que dice que después de haber conseguido alcanzar la media de altura europea, va y vienen los payoponis y volvemos a la media de hace tres siglos. J. tiene un punto racista, aunque él se define como moro y Conde de Perejil, pero lo dice con tanta gracia que no puedo más que reirme.

Los alemanes tienen fama de gente civilizada, limpia y cívica. Pero los adolescentes mega pavën han mostrado lo contrario. ¿O es normal que uno se ponga a comer un bocadillo en pleno patio del Monasterio del Escorial? Cuando mis alumnos han visto eso, han hecho lo lógico, sacar algo de comer, pero mi voz ultramontana ha salido gritando un "por Dios, no seais ordinarios, aquí no se come!!!". Por una extraña razón, la profesora no ha parecido escucharlo y ha seguido zampándose un bocata que ni yo en mis buenos tiempos. Pero qué vamos a esperar de ellos, si no fueron casi romanizados...

Tras la visita cultural, mi querido compañero profesor de gimnasia (me encanta no llamar a la asignatura Educación Física, lo que le pone de los nervios), nos ha llevado a andar por el campo, como cabras de Heidi. Yo soy urbanita, a mí dame una calle, una arquitectura urbana, unas tiendas, pero es ver piedras y campo y me canso en cero coma dos. Menos mal que he ido hablando con tres alumnos sobre cine, y entonces es cuando se me saltaban las lágrimas al ver que sí, que todavía hay chicos a los que les gusta el cine. Pero me refiero al bueno, al que aporta algo, y que encima se fijan en cosas como los actores, el guión, la dirección artística...¡¡¡Si hasta me han estado hablando maravillas de The reader y de Revolutionary Road!!!!

Pero la realidad ha llegado luego, a la vuelta a Madrid en autocar, donde he podido disfrutar de sus cánticos más propios de neanderthales que de humanos, pero que ellos han cantado a voz en cuello, con un disfrute que yo tacharía de sobrenatural. Uno de mis alumnos cinéfilos, gayer en potencia y en acto, me ha pedido que le rescatara, pero yo le he dicho que forma parte de su educación soportar la brutalidad de la sociedad española. Los alemanes flipaban, claro está. Pero lo han aguantado con ese estoicismo alemán, que yo achaco a la falta absoluta de sangre y su sustitución por horchata tan propio del teutón medio. Bueno, a eso y a un helado de chocolate que se comían durante el viaje, a pesar de que está terminantemente prohibido hacerlo en los autocares. Civismo alemán, o deustche civismus, que dirán ellos.